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No le des a nadie el poder de arruinar tu vida. Mira cómo tomar el control de tu felicidad

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Para comprender a esa gente problemática hay dos factores que creo deben analizarse:

1.- Son personas que de seguro han tenido una historia difícil

Siempre que propongo este término recuerdo a 2 compañeros del instituto donde estudié. Uno de ellos tenía un padre autoritario, que daba salvajes golpizas a él y a sus hermanos cuando cometían “errores imperdonables”, como tirar el chocolate o reír a carcajadas mientras él dormía; además usaba el engaño como estrategia de crianza incesante. El otro amigo, con una madre ausente y neurótica que le exigía siempre y en todo momento sacar las mejores calificaciones; habituaba salir todas y cada una de las tardes a acontecimientos sociales y lo dejaba al cuidado de la señora del aSeo, que era casi su madre substituta, y llegaba sólo a comprobar que todo estuviera en orden; jamás una muestra de cariño y mucho menos diálogo constante. Jamás la mujer asistió a una junta de padres de familia. La verdad, nunca supimos si ese compañero tenía papá.

Ambos se convirtieron en el terror de los más enclenques, entre los cuales -gracias a Dios- no estaba yo.  Sus pleitos usuales, los regaños y sus visitas incesantes a la dirección hicieron que fueran etiquetados como pequeños complicados y bastante difíciles (en aquel tiempo no se escuchaba la palabra “bullying”). Más tarde fueron jóvenes problemáticos y desobligados, uno de ellos inclusive tuvo dificultades con la justicia de Estados Unidos, al grado de que no puede volver a entrar nunca más a ese país.

Es frecuente observar que quienes vivieron una infancia bastante difícil tienen personalidad difícil. La niñez nos marca de tal forma que puede determinar el destino, y las heridas que dejan el desamor o el exceso de protección hacen a las personas bastante difíciles de apreciar o de soportar.

dos.- Absolutamente nadie puede hacerte la vida imposible, salvo que tú lo dejes

No debes olvidar que nadie tiene control sobre ti, eso sólo ocurre si tú lo autorizas.

Como día tras día la vida nos otorga regalos invaluables como ver, escuchar, comer, amar, también hay incontables obsequios que la gente nos da, entre ellos palabras de afecto, de agradecimiento o bien reconocimiento, merecidos o no. Se nos reconoce o bien se nos adula con un fin: hacernos sentir bien, ganarse nuestro aprecio u obtener cierto beneficio. Mas asimismo existen quienes nos ofrecen ofensas o expresiones humillantes, merecidas o bien no, que muchos aceptamos sin reservarnos el derecho de admisión de tales palabras llenas de menosprecio. Admiro a quienes se les resbala lo que no merecen y prosiguen su vida, sin engancharse en la forma o bien contenido de mensajes llenos de ira, mismos que sin duda pueden desestabilizar a seres más sensibles y también influenciables.

En cada momento las personas -conocidas o bien ignotas- te ofrecen estos especiales regalos y decides si les das relevancia o no. Puedes aceptarlos, contestar de igual forma o bien dejarlos ahí, decirte a ti mismo: “no acepto este regalo, no es para mí, no merezco esta falta de respeto y la dejo a fin de que se la lleve quien me la ofreció“.

No olvidaré jamás la templanza y la seguridad que mostró un cura en una reunión social a la que fue convidado. Entre los presentes había un hombre que, al saber que él era cura, empezó a criticar ofensas por el menosprecio que sentía cara la Iglesia Católica, debido a determinados sucesos negativos que involucraban a sacerdotes. Expresó delante de más de 20 personas su malestar por la presencia del religioso, la vergüenza que -según él- debía sentir por portar una sotana, y añadió ofensas contra su persona, inclusive por no casarse y formar una familia, poniendo en tela de duda su virilidad. Fuerte, ¿no?

El sacerdote, que tranquilamente lo escuchaba tomando un refresco y comiendo una botana, dejó que el individuo terminara la sarta de insultos que cargaba, según parece desde bastante tiempo atrás, contra la institución que representaba. Al finalizar lo vio fijamente, sonrió y dijo: “Es tu opinión, amigo. La que es muy respetable. No te digo que la agradezco, pero tampoco la acepto”. Punto.

–Pero respóndame, ¿qué debe decir? –insistió el hombre.

El sacerdote le respondió que no era ni el instante ni el lugar para decir su opinión, pero con gusto lo recibiría, previa cita, en su parroquia, para hablar a este respecto. La gente reprobó con miradas y comentarios lo ahí expresado, y sobre todo la forma en la que el hombre se dirigió al sacerdote. El padre prosiguió conviviendo ¡como si nada hubiese ocurrido! No aceptó las ofensas y mucho menos se las llevó. Probablemente le molestó, lo cual sería normal, mas no lo probó.

El aprendizaje es claro y sencillo: no tenemos obligación de soportar las críticas. Lo mejor que puedes hacer es dar las gracias con afabilidad, y quizás meditar en lo que te dicen. Todos tenemos el poder de decidir, mas no debemos caer en el juego de soportar las cargas sensibles de quienes nos rodean ni dejar que nos aplasten. Está en ti si aceptas y te dejas llevar por las emociones de quienes están contra tus ideas o bien tu forma de ser. Siempre y en toda circunstancia vas a tener el control del instante si sostienes la calma cuando otros están obsesionados. Y recuerda: nadie puede hacerte la vida imposible, salvo que lo autorices.

¿Qué esperas para poner en práctica esta esencial lección? ¡Ánimo, y hasta la próxima!

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