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«Cris es como debera ser Dios»

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El padre le habla al hijo tal y como si éste le estuviera entendiendo todo. El padre le pregunta como si el muchacho -en cualquier instante, ¿te imaginas la fiesta?- le fuera a responder 4 frescas. El padre le cuenta noticias de los sobrinos Andrés y Pablo tal y como si Cris supiera quiénes son Andrés y Pablo. El padre trata de estrecharlo contra sí mismo tal y como si este manoteo desmadejado de Cris fuera un abrazo intencionado.

Cuando uno tiene un hijo con una parálisis cerebral -cuenta el padre-, “hay que vivir como si”.

Esta historia tiene treinta y seis años -los que tiene Cris-, mas empezó a escribirse hace tres. Un poco en trance y en vigilia. Un poco a pesar de uno mismo. Un poco a quemarropa. Todas las cursivas que van a leer a continuación -si es que están prestos a leer un alegato oscuro- están sacadas del libro De qué manera explicarte el planeta, Cris (La Esfera de los Libros). El resto salió de una tarde que pasamos con Cristóbal y su padre, el periodista Andrés Aberasturi. Que tiene una dilatada carrera. Que tiene varios premios. Que tiene ciertos poemarios, sí. Y que también un hijo con parálisis cerebral.

-Hay algo que sí que sabemos hacer bien mi hijo y yo.

-Dinos.

-Chocar las manos como los americanos. Mira.

Y las chocan. Plas.

Las manos. Las del hijo: blancas, húmedas y pequeñas. Que no necesitan ni una sesión de quiromancia porque se leen solas.

“Las manos de mi hijo no empuñarán banderas ni fusiles, ni moldearán el barro, ni van a escribir sonetos. Mas las manos de mi hijo jamás van a hacer daño“.

(…)

“Ayer tu madre, sin venir a cuento, ha comentado prácticamente de pasada, con un dolor fácil, que una de las cosas que más echa de menos es no haber podido llevarte jamás de la mano”

El día en que nació, Cristóbal Aberasturi Páez lo hizo sin diagnóstico y sin paladar, y al poco le tuvieron que fijar la lengua con puntos a fin de que no se la tragara. El padre todavía recuerda aquella boca morada y rota, “deformada por las pinzas que debieron emplear para operarle”; aquella cabeza pinchada.

Los padres preguntaban y preguntaban y preguntaban por aquella lengua imposible. Y entonces hubo un médico cabrón que les amonestó por tanta pregunta.

-¿Mas quizás hablará su hijo?

El cronista nos cuenta que aquella UCI de Neonatología era “un cuadro de El Bosco”. Y enumera las escenas del retablo. “Bebés del tamaño de un puño entubados”, “trocitos de carne palpitante”, “cuerpitos mutilados”, “niñitos trasparentes como hojas de sándalo”, “trasplantados de urgencia”, “niños ya condenados”…

“Hay un silencio extraño en Neonatología. Allá la gente no nos hablábamos, como una forma de respeto a los otros progenitores, como una forma de no querer saber”. Lupe hacía algo bellamente extraño toda vez que se aproximaba a darle el biberón al hijo. Todas las mañanas, antes de acudir a Neonatología, la madre se pintaba. Los labios. Los ojos. Las mejillas. Para que la viese guapa el hijo que no miraba.

(…)

“Cuánto vais a haber aprendido con él’ [te dicen]. Tan solo el enunciado me parece grotesco, radicalmente cruel (…). Renuncio y maldigo a cualquier experiencia positiva nacida de tu sufrimiento”.

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A los 3 meses se fueron con la lengua en su lugar, pero con el diagnóstico en parte alguna.

Cristóbal es Cris. Que tiene un hermano de 40 años que se tumba con él en el suelo para las siestas de verano. Que siempre se anda chupando la mano. Que de bebé “no conoció otra cosa que putadas, cada vez que alguien se le acercaba era para inyectarle, para abrirle la boca, para hacerle daño…”.

En el Centro de Paralíticos Cerebrales El Despertar hay 57 residentes, una quietud de astillero y una atmosfera de pabellón de reposo.

Cris es una de las 120.000 personas con parálisis cerebral que hay en España. Una persona inigualable. Un tipo insólito.

A Cris le agrada la piscina, levantar las piernas cuando está tumbado, vivir a su aire “como un gato”.

A Cris no le gusta la ducha, que le mojen la cabeza, el aliento del secador en el pelo.

-¿Crees en Dios?

-Creo que Dios es . Mi hijo es como habría de ser Dios. Aunque no querría que fuera Dios, claro… Yo querría que llegara a las 4 de madrugada hasta arriba, como los otros, con una copa de más.

(…)

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“No había flores, Cris. No había ramos de flores ni cajas de bombones ni ese revuelo tan alegremente perturbador de las visitas. Tu llegada al mundo apenas se celebró”.

Andrés Aberasturi no lloró con el primer desamor. No soltó una lágrima con la primera riña o bien aquel traspiés profesional. Tampoco lo hizo cuando murieron sus padres. Sí lo hizo cuando el hijo se le moría tras todo.

“Le operaron de la cadera y tuvo una infección generalizada en todo el cuerpo. En casa veíamos que no iba bien. Las heridas no le cerraban. Los ojos se le comenzaban a hundir. La doctora nos puso en una tesitura: o volvemos a intentarlo de esta forma [más dolor, más sondas] o le dejamos que se vaya reposadamente. Decidí que haríamos lo que dijera su madre. Es la que tenía todo el derecho a decidir. Ella y su hermano dijeron que lógicamente había que procurarlo. La verdad, la puta verdad, es que habría dicho que le dejaran tranquilo”.

Escribe en el libro: “Lloraba por primera vez, lloraba sobre tu cuerpo dormido, lloraba sobre aquel brazo casi inmóvil a fuerza de vendajes para que no te quitaras la vía hacia tus venas, lloraba como nunca había llorado (…); y mirándote a los ojos solo te murmuraba: ‘Perdóname, perdóname, perdóname…’”.

(…)

“Ni ni siquiera puedo ponerte un tono de voz, soñar una palabra tuya articulada, un sonido que no sea el sonido de tu risa o de tu sofocación, que no sea el sonido de tu planeta de sonidos, pequeño, conocido, comprensible. ¿Te imaginas una palabra tuya?”

-Tu hermano no va a caminar -le dijo un día al mayor (que era pequeño).

-Da lo mismo, papá. Ande o no ande, le quereremos igual.

Si pudiera hacerlo aquí y ahora, Andrés se pondría a fumar mientras que nos cuenta todo esto. Se encendería otro cigarrillo pese a su enfermedad pulmonar crónica. Mas estamos en la vivienda. En una sala que nos han dejado. Y Cris tiene media mano metida en la boca y odia el humo.

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Los pulmones. Como espoletas. Hubo una vez en que una neumonía prácticamente se le lleva al hijo. Es de esas ocasiones en que los progenitores tuvieron un miedo glacial y cansado. “Le ponías la mascarilla y se la arrancaba. En la mitad de la crisis, le agarré muy fuerte. Él también. Aquello no le iba a dar oxígeno, era una abrazo animal, lo más parecido a lo que haría un orangután. Un abrazo entre su angustia y mi miedo”.

(…)

“Entonces te propones la enorme decisión de la residencia (…). Para muchos es tirar la toalla, rendirse (…). Para otros es todavía peor: se trata de quitarnos el inconveniente de encima, una forma disimulada de abandono, de olvido (…) ¿Qué hacemos, Cris, hijo mío? ¿Por qué no te seguimos teniendo con nosotros? ¿Nos estamos inventando coartadas para liberarnos la conciencia? Para decirlo claramente: ¿Somos culpables y te abandonamos?”

Desde la residencia familiar de Cris hasta El Despertar hay cuarenta minutos en vehículo. Vienen sus padres. Y el hermano. O bien los tíos.

Cuando Cris vivía todavía en casa -hará una década-, se iban de vacaciones los 4 en un Chrysler Voyager que parecía una botica con ruedas. Una familia y un mapa. Los amigos del hermano mayor, a sus 15 años, tenían que pasar el “examen” de ver a Cris con absoluta naturalidad, que a lo mejor estaba reposadamente tumbado en el pasillo. “Este es mi hermano”, les afirmaba. En plan “es uno de los nuestros”. Y allí -a la edad de la mafia con espinillas- se hacían lazos de sangre.

“Ves crecer a los chicos de su edad. Y llegan los Reyes y el tuyo no sabe quiénes son los Reyes. Y llega la comunión y él no hará la comunión. Ni va a saber de la selectividad. Ni de un primer beso con la pareja… Todos esos momentos. Nunca hicimos una tragedia cara afuera. Pero es ineludible pensarlo”.

Andrés asiste a la vivienda una vez por semana a verlo. Le habla, le toca, le explica cosas de los sobrinos. Le cuenta como si.

(…)

“¿Cuántas veces has tenido sed y no lo he sabido? ¿Cuántas noches has sentido frío y no he estado para arroparte? ¿Cuántas veces te ha dolido la cabeza sin que yo lo supiera? (…) Jamás has llorado, Cris, jamás, y cuántas veces he necesitado ese lloro tuyo, ese caudal de lágrimas y penas para aproximarte a mi pecho y apalomarte”.

Escribe Javier Sádaba en unas líneas propedéuticas que el libro de Andrés “difícilmente soporta un prólogo”. “Más aún: agregar algo puede estropearlo, interponer un cuerpo extraño entre él y su hijo Cris”.

Nosotros nos íbamos ya.

-¿Se va uno jodido de aquí?

-Esa es la enorme contradicción. En el momento en que te vas de la residencia, su estado es un alivio. Sé que no me echa de menos, que no sufre porque me vaya, no me castiga por este motivo, no me lo recrimina… Te da cierta tranquilidad egoísta… Lo que yo daría por haberle escuchado una sola palabra. Una sola… Y que esa palabra fuera mamá.

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