Algunos somos fuertes en lugares rotos

Hay lugares rotos que son tatuajes en el cuerpo, aunque no se aprecien a simple vista. Cada persona tiene los suyos. Están inscritos tras los poros de la piel y formarán siempre parte de nuestro “yo” más íntimo.

Esos lugares están rotos porque hemos visto en ellos cómo nuestras emociones también se rompían. Y, sin embargo, volvemos con la fuerza de quién sabe que pertenece a ellos.

De hecho, quizá no exista una sensación más desconcertante que la de haber habitado en un sitio que fue casa y al mismo tiempo te provocó una gran herida. Nos hemos ido muy lejos tratando de cerrar la puerta de aquel lugar y, aún así, todavía volvemos para perdernos en sus recuerdos.

No era cualquier lugar, era “ese lugar”

Dicen que cada persona tiene esas pequeñas particularidades que componen su existencia y le son exclusivas. Esto es, una canción, un atardecer, un detalle que alguien nos regalo… o un lugar: no un lugar común, un lugar concreto.

“En la vida tienes unos cuantos sitios, o quizá uno solo, donde ocurrió algo;

y después están todos los demás sitios”

-Alice Munro-

Todas las ciudades del mundo están ahí para que podamos viajar y visitarlas, pero se hacen especiales cuando alguien llega y deja que le acojan. Se convierten así en hospedajes donde se es capaz de recoger un calor inmenso y, del mismo modo, un frío penetrante y doloroso.

Los lugares se rompen cuando en las vivencias -que recordamos con tanto cariño- hay grietas de frío y dolor. Son lugares rotos que nos dejan desarmados por dentro, pero que al mismo tiempo no podemos olvidar que hubo un pasado en el que también nos abrazaron.

Son calles, personas que extrañar, paseos, edificios, noches y madrugadas que nunca dejarán lo que nos dejaron por primera vez. No obstante, siempre al volver a ese lugar encontraremos una parte de nosotros en cada una de sus esquinas. 

La libertad de recomponer los rotos

Cuando nos hayamos atrevido a abrir la puerta de esos sitios y sus respectivos recuerdos podremos recomponer los que están rotos. De esta manera encontraremos también la libertad de poder respirar sin que duela.

El dolor se atenúa frente a nuestra fortaleza y todos esos lugares rotos cicatrizan dejando marcas de vida. Por eso, somos nosotros los que damos vida a una ciudad y es ella la que también nos la da o nos la quita.

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Sentiremos que somos fuertes porque nunca podremos darle la espalda a esos lugares que, en el fondo, nos hicieron crecer un poco más. Se quedan en el corazón la confusión, los recuerdos, las experiencias. Todo ello en una especie de laberinto que solo uno mismo logrará entender, del que con nuestros zapatos podremos entrar y salir afirmando que hemos crecido.

Una mala experiencia, un buen aprendizaje

Sin embargo, ¿cómo llegamos a este punto si en ese lugar hemos sufrido tanto? La respuesta la podemos encontrar con espacio de distancia, con el tiempo necesario para estar preparados y con madurez emocional.

Una mala experiencia por lo general termina por convertirse en un buen aprendizaje. En el tema de los lugares rotos que nos pertenecen ocurre lo mismo. Es beneficioso abrir los ojos para ver que algo puede llegar a señalar nuestra vida porque ha sido capaz de hacernos reír, pero también llorar.

El bienestar emocional humano requiere un poco de cal y también un poco de arena para alcanzar el equilibrio. Con este fin aprendemos a valorar el camino con sus piedras y sus llanos.

“En mi vida ha habido muchos puntos de inflexión como, seguramente, en las vidas de casi todo el mundo.

Muchas veces, lo que es vivido como algo muy negativo, con el paso del tiempo te das cuenta de que no es así.

Las peores experiencias te hacen más fuerte”

-Norman Foster

Así, somos fuertes en lugares rotos porque hemos recogido la enseñanza y hemos visto más allá. Los guardamos en el alma y nos acercamos a ellos porque son un capítulo más de nuestra historia. Ya no somos sin ellos y, nos guste más o menos, el presente es parte de su cosecha.

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