Los elogios y los halagos son vientos que amenazan con arrastrarnos

A medida que crecemos vamos ganando en independencia. Con unos meses podemos desplazarnos gateando, cuando superamos los diez años ya nos dejan ir a algún lugar sin compañía y cuando encontramos un trabajo que nos los permite, nos vamos de casa. Este es un proceso gradual, en el que nos haremos con una buena colección de halagos y agravios, a mediada que aprendemos y adquirimos responsabilidad.

Sin embargo, por mucho que avancemos en el sendero de la independencia, de lo que nunca vamos a emanciparnos del todo es de la influencia que tienen los demás sobre nosotros. Esta influencia puede ser deliberada, como cuando nuestro jefe nos asigna una tarea; o más sutil, como cuando nuestro jefe nos regala una buena colección de halagos, intentando reforzar nuestra motivación y estilo de comportamiento.

La historia de Luis

Cuenta la mosca que pululaba por la cocina en ese momento que ese día Luis llegó a casa cariacontecido. Su madre, al ver su estado de ánimo le preguntó qué le pasaba. Luis le dijo con tristeza que sus compañeros le habían dicho que era un inútil, ya que no había sabido resolver el problema que su profesor le había mandado resolver en el encerado.

La madre le dijo que ese fin de semana, cuando salieran a pasear por el pinar que había cerca de su casa, tenía que recoger una piña del suelo y decirle todas las cosas malas que se le ocurrieran. El niño la miró con extrañeza y se marchó intrigado. Ese Sábado, entre patada y patada al balón, recogió una piña del suelo y le dijo un montón de palabras horribles que aquí no vamos a reproducir. La puso a escurrir, vamos.

Por la noche, mientras cenaban su madre le preguntó que si había hablado con la piña. Luis le dijo que sí. La madre le dijo que el próximo Sábado tenía que coger otra piña, pero esta vez le diría todas aquellos halagos que se le ocurrieran. Luis, por supuesto lo hizo y su madre volvió a preguntarle ese día.

Concretamente le preguntó que si alguno de los dos Sábados había notado alguna diferencia entre la piña, antes y después de cogerla. El niño le dijo que no.

La madre le dijo que con las personas sucede los mismo, que los menosprecios o los halagos no cambian quienes somos. Además, le dijo que nosotros tenemos una ventaja fundamental frente a la piña y es que sí podemos aprender.

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Nos parecemos a Luis

Nosotros hemos sido Luis muchas veces y seguramente lo seguiremos siendo, porque las palabras de los demás penetran en nosotros y dejan su influencia. Probablemente no podamos evitar esto, pero lo que sí podemos hacer es mirar a los mensajes que nos llegan con la perspectiva que merecen.

Porque alguien desde su punto de vista intente hacernos un retrato, con independencia de que nos quiera o no insultar, no significa que este pueda ser más certero que uno aleatorio. De hecho, seguramente antes de recibir el mensaje de sus compañeros, Luis no se tenía por un inútil, aunque tampoco supiera resolver el problema.

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Ante mensaje de este tipo, siempre es una buena idea introducir una pregunta en nuestro diálogo interior: por qué el criterio lo tienen que poner los demás y no tú. Date cuenta de que ellos solo pasan contigo una parte del día y solo son conscientes de una pequeña parte de lo que haces o piensas. Algo que, quieras o no quieras, no te pasa a ti.

Piensa que la persona que hoy te llena de halagos mañana te puede insultar. Lo mismo puede pasar al contrario. No seas como un barco a merced de las olas de los halagos, ni una hoja al capricho del viento que sopla en forma de elogios.

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Extrae toda la información que tú quieras de lo que te digan, pero en cuanto a ser, al verbo ser, tú tienes la última palabra a la hora de introducir calificativos en tu definición. Es un gran poder, no lo pongas en manos de otros y si alguna vez lo haces en parte, que sea en manos de personas que te quieren de verdad.

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