La positividad de nuestro siglo es un inconveniente mental. Sobrevenido, diseñado y provocado, pero un inconveniente mental. No nos referimos a la felicidad limpia y natural, sino más bien a la positividad cool empresarial.

En un artículo de Qz, William Davis, autor de The Happiness Industry dibuja esta filosofía: «Los empleadores procuran múltiples maneras de impulsar la moral y el estado de ánimo de los empleados, o bien, si falla, instruirlos sobre de qué manera portarse de una forma feliz». Charlamos de una protorreligión «donde el optimismo y la autocreencia son obligaciones casi morales».

BBC Planeta recogió una historia que sirve de metáfora. Un trabajador de Boston, al llegar la navidad, recibió un sobre cerrado desde Recursos Humanos. En el dorso, unas palabras lo hicieron salivar. «Bono incentivo de la empresa», «apreciamos tu trabajo duro». El artículo no especifica cuántas caritas sonrientes o flores saltarinas adornaban estas dos frases. La víctima destapó el sobre, se preparó para contar billetes, pero del interior brotaron un montón de cupones de descuento. El despropósito fue a más. Los papeluchos pertenecían a California: para poder gastarlos debía conducir cuarenta y cinco horas.

Él esperaba dinero por el hecho de que, después de todo, es para lo que está uno en una oficina por más que finjamos otras adherencias más espirituales (o que incluso nos persuadamos de ellas), y en lugar de eso, el chaval recibió un festival de color, de papel brilloso y también incanjeable. Un regalo puramente sensorial como las llaves de colores que se dan a los bebés.

La anécdota explica cómo marchan las tripas del positivismo cool. Se trata de una actitud vacía, una bola de persuasión que se convence a sí misma, un juego de espéculos. Mediante cientos de libros, conferencias, programas, secciones de radio y tazas de café se ha asociado, de forma incorregible, la productividad al estado de ánimo de los trabajadores.

Lograr un propósito es fácil, es cuestión de actitud, estimar es poder (y demás patrañas). En política se llamaría demagogia, mas no en el planeta empresarial: aquí se le pone un nombrecito en inglés, un par de números (2.0, 3.1) y a marchar. Si se eslabona la predisposición con la consecución de objetivos, el camino de vuelta de la cadena es aterrador. Si no logras algo, es pues no lo deseabas.

Resumiendo: el jefe tiene en sus manos el derecho al resarcimiento del traicionado. Una solución imaginativa de la ideología empresarial para que, por mucho te cuelguen dos rastas de la nuca y luzcas una dilatación en el lóbulo, prosigas sirviendo a un patrón y que, encima, no lo sepas y pienses que te sacrificas en beneficio propio; por tu propia profesionalidad.

De hecho, una de las bases de las teorías de liderazgo es agarrar al trabajador por la moral: «Hay que contratar a las personas no con lo que conocen en un primer término, sino por sus creencias y convicciones», afirma Alejandro Suárez en un artículo-cenagal titulado Sé Cool: motiva a tus empleados.

Va a más: «El empleado ideal es el que se considera, en cierta forma, copropietario de la compañía [que se considere, no que lo sea] … debesentirseimportante dentro de su estructura [que no serlo] ».

la ira creativa

Desengañémonos. Los empresarios no desean la felicidad de los empleados. Si un entrenador o bien un sicólogo joven y con minutos en prime time hubiese concluido que la acidez estomacal de los trabajadores mejoraba el negocio, los jefes los convencerían de desayunar torradas con alioli y anchoas, aun proveerían el mejunje gratuitamente.

No obstante, ciertas investigaciones hablan de los efectos perniciosos del teatro cool wonderful. Fingir emociones continuamente nos inclina a la frustración, al agotamiento e incluso a la depresión. Malinterpretar nuestro estado ánimo tiene hasta nombre: disonancia emocional.

El sicólogo de la Universidad de Nueva Gales del Sur Joseph Forgas defiende el mal humor en cierto grado. Habla de que el pensamiento crítico y la capacidad de comunicación crecen cuando la dicha disminuye. Como recoge Qz, Forgas atribuye la vinculación entre irritación y atención a razones evolutivas. Sería como una alarma que «informa de que nos encaramos a una situación nueva, desconocida y potencialmente problemática», así que nos predisponemos a una mejor concentración.

Irritados procesamos mejor la información. Pero Forgas se refiere al pensamiento crítico y eso es lo que la positividad molona pretende anular. Echemos un vistazo a las fotografías que ofrece Google a buscas como «oficina trabajadores». Vemos sonrisas de papel pintado, dientes, ojos histéricamente iluminados como los que los reverendos cristianos de la Puerta del Sol intentan imponer a los transeúntes; la sonrisa de secta es una sonrisa imperativa y inculpadora.

Durante tiempo se ha asumido como creencia que la positividad estimula la creatividad, mas también, desde el ámbito académico, se señala el cabreo como sintetizador de buenas ideas. La ira como catalizadora de inventiva.

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No obstante, el discute no debería posicionarse en condecorar a una determinada emoción con facultades más propicias para la invención y la generación de nuevas líneas de pensamiento y perspectivas. La clave podría anidar en la fluctuación, en eludir el túnel de marchar dentro de la telaraña de una sola emoción. Cada emoción tiene su ópitica y aporta una información diferente.

Una ira prolongada, y eso cualquier cronista lo sabe (los cronistas desayunan cruasanes de mala uva), puede llegar a bloquear. La positividad saltimbanqui es todavía más peligrosa: te la pueden colar por todos lados por el hecho de que deshabilitas tu radar para las amenazas. Piénsalo: Rajoy siempre y en toda circunstancia preferiría que lo entrevistara un profesional entusiasta tipo España Directo.


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