La madrugada pertenece a los enamorados, a los soñadores y a los lectores

En la madrugada nuestros pensamientos vuelan como telegramas en busca de destinatarios. Es esa línea mágica entre la noche y el día donde habitan los lectores empedernidos, los soñadores melancólicos, las mentes creativas y esos amantes que entre caricias y confidencias se desnudan en ropa y en emociones

La madrugada, como podemos ver, no es solo el territorio de los insomnes o los noctámbulos. En realidad, es un escenario especialmente evocador para nuestro cerebro. Es entonces cuando se siente libre de estímulos exteriores para conectar con espacios mucho más íntimos, libres y creativos. De hecho, incluso nuestra bioquímica cerebral se ve alentada por otros engranajes muy diferentes a los que nos rigen a lo largo del día.

Sabemos que el ser humano acompasa sus ciclos biológicos a través del ritmo circadiano. Estamos sincronizados por esa pequeña y fascinante estructura llamada glándula pineal que, al ser estimulada por la luz o inhibida por la oscuridad, propicia la producción de melatonina para orquestar nuestros ciclos de sueño y vigilia. Su participación en la entrada y la permanenecia en estos dos estados es bastante conocida; sin embargo, también abre la puerta a otros procesos igual de interesantes, pero menos conocidos que el de vigilia-sueño.

Son muchas las personas que llegan a la cama descansadas, pero en lugar de dormir, en lugar de rendirse al placentero refugio de la almohada, sienten cómo sus mentes se encienden y se afinan. Como radares esperando captar señales de las estrellas. Es un momento donde la lectura apetece, porque se hace más vivida, porque entre ese mar de letras y nuestra mente hay una arteria invisible que bombea con más fuerza. Lo mismo ocurre con nuestra creatividad o incluso con el amor.

Porque a esas horas en que la ciudad se apaga es cuando las emociones se encienden con más intensidad.

chicos que leen

Los horarios actuales: vetadores de la creatividad y la felicidad

Las personas somos como criaturas cautivas de la afilada aguja del minutero. Vivimos pendientes de esos relojes que rigen nuestros tiempos de trabajo, alimentación y ocio. Ahora bien, esos horarios consensuados por nuestra sociedad no siempre armonizan con nuestras necesidades. Los turnos de trabajo rotativos o esas largas jornadas laborales que imposibilitan la conciliación familiar son enemigos asumidos que vetan parte de nuestra felicidad.

Neurocientíficos como Paul Kelly, investigador del Instituto de Sueño y Neurociencia Circadiana de la Universidad de Oxford, nos explicó que tanto el mundo laboral como el educativo no son nada respetuosos con los ritmos circadianos. Según él, todos estos efectos están haciendo que nos convirtamos en “una sociedad cansada”. Entrar temprano a trabajar o a estudiar y someternos a extensos horarios laborales donde salir de madrugada y llegar a casa por la noche, es algo desalentador en todos los sentidos.

Vivimos en una actualidad donde se valora más “el presentismo” que la eficacia. Estar físicamente en el puesto de trabajo o en ese pupitre no significa que la persona pueda dar en ese momento lo mejor de ella misma. El cansancio acumulativo y el estrés de estos horarios poco respetuosos cercenan por completo el potencial de nuestros cerebros. Poco a poco quedamos sumidos en una entropía emocional hasta caer en una triste letargia de la  infelicidad.

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La madrugada, el hogar de los soñadores

Dicen que la madrugada es el hogar de los soñadores, ese momento en que las estrellas cuchichean entre sí y donde algunos, tiene la facultad de poder escucharlas. Incrustados como estamos en esos horarios titánicos y poco conciliadores que acabamos de describir, apenas tenemos tiempo para estos momentos. Sin embargo, es común que llegado el fin de semana nuestro cerebro nos demande un rincón propio, unas horas de más donde liberarse.

El proceso por el cual lo consigue, es sencillamente fascinante.

Por la noche tu cerebro funciona a otro ritmo

La corteza cerebral es esa área donde se concentran una serie de  regiones responsables de tareas como la atención, planificación, la memoria de trabajo o las recompensas.

  • Es un área que está muy activa por el día gracias a un aporte regular de dopamina. No obstante, cuando la oscuridad acaricia nuestra glándula pineal, ese aporte disminuye e invita al recogimiento.
  • La corteza cerebral, por así decirlo, se desconecta o entra en estado de “stand by” porque ya no hay tantos estímulos externos que procesar, que gestionar o que afrontar.

La noche, así como la madrugada, son instantes de sutil complacencia para un cerebro que desea enfocarse en otras áreas. Es entonces cuando se abren los umbrales de esos rincones fascinantes como son la imaginación, la emoción, la introspección o la reflexión.

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Es el momento de “otro” tipo de energía

Seguro que tú mismo lo habrás experimentado más de una vez. Irte a la cama con algún problema, falto de ideas o preocupado y de pronto, despertar al amanecer con la mente clara y despejada como la superficie de un espejo.

  • Las respuestas empiezan a llegar. La inspiración florece, las emociones se afinan, nuestra capacidad para sentir, conectar ideas o visualizar imágenes mientras estamos sumidos en la lectura, se intensifica más aún.
  • No es magia ni ninguna capacidad sobrenatural. Es el motor de nuestra neuroquímica que ve en la noche el instante perfecto para focalizar toda su energía y recursos en el propio cerebro.

La mente se vacía y los pensamientos fluyen a otro ritmo, hay mayor conectividad y la persona disfruta más de ciertas actividades que por el día, no siempre son posibles.

Queda claro, no obstante, que debido a nuestros horarios no siempre podemos disfrutar de esos instantes que muchas veces nos quitan horas de sueño. Sin embargo, nunca está de más deleitarnos de ese recogimiento sutil y y favorecedor que nos ofrecen las noches y las madrugadas, ahí donde solo la Luna o el tímido Sol -rompiendo el alba- son testigos de nuestros humildes placeres: soñar, leer, amar…

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Imágenes cortesía de Isabelle Arsenaut

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