Cuenta el amor con lo que lo envuelves, no lo que das

Dar es un acto de fe cuya única prueba verdadera es el amor. Es un acto de afecto que sale del corazón y se propaga con los ojos cerrados. La cantidad de cariño que lleve implícito tal acto es la medida de su vigor. Es más, dar sin más intención puede ser sencillo, pero ofrecer con voluntad y sinceridad no lo es tanto.

Así que, no: no es solo lo que eres capaz de dar a los demás o lo que recibes de ellos, es también el amor que inviertes o recoges en cada acción. Parece contradictorio, pero para conseguir llenar el alma es necesario compartir la intensidad emocional que llevamos dentro de ella. 

La acción de dar puede llenar igual que la de recibir

Parece que el concepto de recibir algo de alguien lleva implícita la idea de sumar y que el concepto de dar implica a la de restar. Es probable que a veces coincida que sea así, pero habrá otras muchas en las que esta ley no se respetará: sin darnos cuenta hay quien olvida que la acción de ofrecer puede ser capaz de alimentarnos igual o más que la de obtener.

Es cierto que ambas cosas son importantes. De hecho, es tan valerosa la acción de dar por el mero placer de hacerlo con el corazón que la de saber recibir lo mismo de los demás. Tanto una como otra suponen una dinámica que debe producirse de manera alterna y que genera felicidad y satisfacción personal.

Recibimos y ganamos, pero damos y podemos ganar más. Los griegos ya consideraron en el pasado que en el corazón residía la inteligencia emocional de las personas. Por eso, lo valioso es el amor que entregas en lo que das o la emoción que llega cuando recibes, no el acto superficial de hacerlo.

El corazón se nutre y late con energía gracias al equilibrio entre dar y recibir.

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Cuando dar es también darse

En esta misma línea, es lícito afirmar que hablar de dar y recibir de corazón se traduce en darnos como personas y conocer lo que otras quieren hacernos llegar. Las relaciones personales realmente son esto: un trocito emocional nuestro vuela cada vez que damos con sinceridad y una parte esencial del otro anida en nosotros cuando nos abrimos para tomarla.

Regalar sin cariño no significa nada, hacer un favor por interés no es amable, pensar en el otro por obligación es pasajero, etc. Sin embargo, al poner amor en cualquier cosa que hagamos todo cambia.

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En este caso, si ponemos afecto al dar, estaremos enriqueciendo lo que entregamos. Nos estaremos quitando las caretas, estaremos abriendo las puertas más vulnerables de nuestro interior y estaremos dejando de percibir la parte más pura que tenemos.

“Nadie es más generoso

que quien se da a sí mismo”

-P. Luís Carlos Aparicio Mesones-

Aquella es la que más vale y la que más dura como efecto en las personas que nos rodean: si alguien ha hecho algo por ti de corazón, serás consciente de como ese acto se queda grabado a fuego en tu memoria. Los actos emocionales honestos quedan bajo llave en ese cajoncito en el que a lo largo de la vida vamos guardando los recuerdos, objetos, personas o ideas que realmente tienen valor.

Al dar con amor algo vuelve

Es posible que estés pensando que das más de lo que recibes y que eso no es justo. Es más, estoy casi segura de que alguna vez te has cansado de no ver una respuesta similar a la tuya por parte de otras personas. La decepción que sientes cuando percibes esto no tiene que ver tanto con el hecho de no recibir, como con sentir que quizás a ellas no les importas demasiado.

No obstante, te digo, al dar con amor tarde o temprano algo, por muy pequeñito que te parezca, vuelve.

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Es necesario para ello que seamos observadores: mirar y detectar quién se aprovecha y quién no para, a partir de ahí, filtrar de manera más sana nuestra acción de dar. Una vez conseguido esto, es más probable que reconozcamos una simple sonrisa de agradecimiento, unas palabras de cariño y un mínimo gesto que busca hacernos felices.

“Se posee solamente aquello que se da. No nos poseemos sino cuando nos damos.

El verdadero servicio demanda sacrificio”

-Enmanuel Mounier-

Así, puede parecer difícil distinguir tal franqueza, pero no imposible. No se puede vivir en sociedad si no se cree en la reciprocidad, en la bondad del ser humano o en el agradecimiento mutuo. Merecemos un amor que tenemos que ser capaces de dar para mantener nuestra autoestima en un estado saludable.

Imágenes cortesía de: Pascal Campion

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