«Las palabras son muy, muy poderosas. Pueden llegar a determinar el rumbo de nuestro pensamiento, nuestra actitud ante la vida e incluso, nuestra salud y longevidad». Esa es la teoría de Luis Castellanos y su equipo, especialistas en neurociencia, y autores del libro «La Ciencia del lenguaje positivo». En él plantean que el uso de ciertas palabras (o bien la ausencia de estas) en el día tras día puede suponer la diferencia entre el éxito y la derrota en cualquier campo. «El lenguaje nos deja gestionar nuestra inteligencia», asegura. «Si nos parece normal dedicar todos y cada uno de los días un tiempo a cuidar nuestro cuerpo, a asearnos, vigilar nuestra dieta o bien hacer algo de ejercicio, ¿por qué razón no dedicar asimismo a cuidar cada una de nuestras palabras?», se pregunta Castellanos.

—La mayoría de nuestros deSeos están centrados en mejorar nuestras circunstancias, pero estamos lejos de proponernos prosperar nuestro lenguaje: de esta forma somos, así charlamos.

—El lenguaje refleja nuestra existencia, nuestra historia, nuestras esperanzas. El lenguaje es un espéculo de cómo somos. Cuando somos siendo conscientes de nuestras palabras nos percatamos de que no vemos el planeta como es, sino como hablamos. De ahí que tal vez cambiando el enfoque de ese espejo también vamos a poder enfocarnos de otro modo, mudar, desear cosas más grandes, una vida mejor, con más bienestar, más alegría y más salud.

—¿De qué manera podemos mudar el empleo de las palabras?

—Habitando las palabras. Charlar es habitar el mundo. Deberíamos hacernos cargo de nuestros vocablos, de su destino. Un buen ejercicio es procurar identificar las palabras que queremos que adquieran relevancia en nuestra vida, aquellas que queremos «habitar». Nos referimos a esas que te ayudan a crecer, que son las que deberíamos compartir, las que nos asisten a transformar nuestras vidas y a dar lo mejor que tenemos a quienes nos rodean.

—¿Por qué es tan importante buscar ese lenguaje positivo?

—Esta científicamente comprobado que el lenguaje positivo busca evolutivamente dirigir nuestra atención y nuestra voluntad hacia el aspecto favorable de las cosas y de la vida. Tomar conciencia de nuestro lenguaje es esencial para redactar nuestro destino. Es más, las palabras influyen en nuestra posibilidad de supervivencia, en tanto que la expresión de emociones positivas hace que nos fijemos, que prestemos atención, a aquellos estímulos físicos y mentales que son cada vez más relevantes para llevar una vida perdurable, plena y con el mayor grado de dicha posible. Somos unos firmes persuadidos de las funciones vitales del lenguaje positivo en nuestra mente ejercitan una influencia creativa en las decisiones más profundas que tomamos. Nuestras decisiones lingüísticas crean nuestra historia.

—¿Palabras son hechos?

—Palabras son hechos siempre y en toda circunstancia. Tanto si haces lo que has dicho que harás, tal y como si no lo haces. En el primer caso vas a estar mostrando un estilo de acción que produce confianza, mientras que en el segundo caso tu estilo de acción generará otro tipo de contestaciones. Este es el poder de las palabras.

—También en el sentido negativo. La pareja, los padres, o bien los hijos son los que acostumbran a aguantar los efectos asoladores del lenguaje de la ira. Es lo que José Luis Hidalgo, coautor del libro, ha denominado el «Hulk en casa».

—Esto es así. El enfado desmedido se propaga con mayor facilidad en los entornos íntimos. Se trata de una cuestión de confianza, y usamos ello. Las mayores muestras de enfurezco las acostumbramos a cometer en casa, ese terreno que sabemos seguro y donde no hay que fingir. Después del enfado sabes que nadie se irá de casa, que te seguirán queriendo, y que todo quedará en un hecho puntual. No obstante, de manera frecuente maltratamos a quienes nos quieren bien con nuestros ademanes indisimulados de fastidio, con nuestro lenguaje descuidado, con palabras humillantes.

—Sabemos entonces que descuidamos los ambientes más queridos pero, ¿qué podemos hacer para evitarlo? ¿De qué forma podemos reconocer y reconducir estas reacciones exageradas ante hechos insignificantes?

—Hay 2 instantes clave para nuestro entrenamiento. Uno debe ver con «cómo llegamos a casa», y el segundo, con reconstruir o bien reparar lo que de manera inconsciente, hemos dañado.

—¿Qué puedes hacer en lo referente a «cómo llegas a casa»?

—Es importante efectuar un pequeño acto, una señal de respeto, en frente de la puerta de entrada, que puede consistir en respirar ya antes de girar completamente la llave. Es un simple ademán con el que asumir que accedemos a otra energía, a un escenario con otro ritmo, y que al cruzar el umbral de la misma nos vamos a agregar a un nuevo espacio. Físicamente debe ver con la pausa, con un instante de silencio que aprovechamos para observar, para ver de verdad a las personas que nos esperan.

—Pero, ¿cómo reparamos los daños una vez que Hulk ha hecho estragos?

—En este caso es esencial cuidar nuestro diálogo interior y no culparnos en demasía. Acostumbramos a tratarnos duramente cuando perdermos los papeles, lo pasamos mal precisamente por haber hecho que lo pasan mal el resto, renegamos más de la cuenta y alargamos innecesariamente la reflexión sobre las causas de nuestro comportamiento. Consideramos que de esta manera vamos a poder curar las heridas cuando es exactamente lo opuesto. Para enfrentarnos a los daños causados por nuestra ira podemos decir: «devuélveme lo que te he dicho, no era para tí».

—Igual que las palabras curan, afirman en su libro que el silencio es asesino y que se hereda de progenitores a hijos.

—En efecto. Castigar con el silencio es más peligroso que con palabras. El silencio es asesino, y se hereda de progenitores a hijos. Es un pozo sin fondo porque cuando se procura salir ya no hay marcha atrás, se trata de un camino sin retorno cierto. Pertenece a la familia de la ira, pero puede ser más perjudicial que ella. Es prácticamente imposible engañar cuando se habla disgustado, lo afirmamos mal, mas afirmamos lo que pensamos.

—¿Qué hacer con esta variable tan temida de la ira?

—Nosotros hemos identificado una cosa que se puede utilizar para romperlo: el tacto. Con el tacto surge… la palabra. Una cosa lleva a la otra. Lo hemos comprobado muchísimas veces en las formaciones que acostumbramos a impartir: a los alumnos les privamos de vista, los dejamos sentados en soledad y se callan. Entonces, les damos la mano de un compañero, da lo mismo de quién sea, y empieza la charla. Siempre obtenemos exactamente el mismo resultado. Indudablemente, el tacto es la antesala del lenguaje verbal, de la comunicación fluida y franca, es el enorme desatascador de las relaciones humanas.

Luis Castellanos, durante la presentación de su libro– ÁNGEL DE ANTONIO

1. Incrementemos las palabras que tienen que ver con el sentimiento positivo y hagamos visibles esas palabras de algún modo; una forma creativa consiste en hacer de la cocina un «fortín» de positividad, es allá donde solemos invertir más tiempo, tomar decisiones, compartir una buena charla o desvelar lo que nos preocupa en pos de un buen consejo mientras tomamos un café o bien preparamos la cena, con lo que colocar a la vista—en los azulejos o bien en la nevera—unas simples palabras elegidas hacen que nos sintamos francamente bien.

2. Sorprendamos con algún «detallito», música, algo rico para compartir y, evidentemente, un artículo-it con algún mensaje singular que se desliza en una cartera, un bolso o bien un estuche escolar; escojamos las palabras y el momento donde ese mensaje puede ser más eficiente. Atrevámonos, aun, a dejarlo en algún sitio donde esa persona tarde en hallarlo, como en el bolsillo de un gabán, debajo de una almohada o la sorpresa de la luna del coche.

tres. Rebajemos el verbo «ser» y sus consecuencias que nos limitan, etiquetan y producen prejuicios; usemos mejor el verbo «estar», «parecer» o bien «comportarse», de manera que un «eres tonto» quede en un «estás tonto».

cuatro. Hagamos asambleas amenas centrándonos en las fortalezas de cada uno, juguemos a decirnos cómo nos vemos desde lo positivo, exactamente, para construir posteriormente aquello que debemos mejorar. Podemos expresarlo mediante palabras, dibujos, cuentos, etc.

cinco. Cuando preguntemos «¿cómo te encuentras?», procuremos sentarnos, apagar la tele y callar, no sólo exterior, sino más bien internamente, anulemos los prejuicios, detengamos los razonamientos o bien las interpretaciones que suelen ocupar nuestra psique y procuremos la calma interior.

ocho. Elaboremos un calendario emocional para expresar nuestros sentimientos, hagámoslo físicamente con cuadros grandes para que cualquiera pueda poner en la casilla pertinente palabras a lo que les ocurre por dentro, favoreciendo el conocimiento emocional compartido. Expresar emociones de este modo nos capacita para convivir con ellas creando entornos protectores.

9. Incrementemos la cantidad de «síes» y rebajemos la de los «noes», fijémonos más en lo que tienen y no tanto en lo que les falta, anotemos logros, méritos, agradecimientos, hagámosles saber unos y otros directamente, sencilla, pública y abundante; equilibremos de una vez las incapacidades con las capacidades, convirtamos los imposibles en improbables, cambiemos la tendencia y empoderemos a las personas que nos acompañan vitalmente. Saldremos realmente favorecidos.

10. Demos más importancia a la voz humana… La tradición oral, escuchar algo de alguien, algo que nos importa de alguien que, aun, no conocemos. La historia que se cuenta en el reino confortable de la cama convierte a nuestros hijos se vuelven más inteligentes, su inconsciente aprende y retiene nuevas palabras, giros complicados incluso. De todas y cada una de las historias, las que más captan nuestra atención son las que hablan de nosotros mismos, las que charlan de lo rutinario, de lo que les sucedió hace ya tiempo a nuestros mayores.

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Categorías: Superación

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